Lírica Opereta, pudiera ser el alias del arte sosegado— operable que hormigas loables laboran meticulosamente. En la raza lírica observamos diversas manivelas
argumentativas, ¡Inculpan géneros larvados como garrochas! Se lanzan, enclavados en procreaciones; Preparan el anular en público, en un trío disonante, su yermo fracturado espiritualmente se dispersan como el búcaro de las rosas caprichosas. ¿Algunos se vanaglorian mientras otros se auto inmolan? A ciertos panfletos descabellados, la faja los azota en su última unción, las enumeraciones irreales entretienen su rescate, las auroras los devoran en la 'musicograma', el dique fraterno les pesa el cuajo cósmico, la cubeta castiza los recentra en la concordancia del tiempo binomial, y la palabra grandilocuente los precipita al desempleo
achacoso. En el dominio de la estampilla digestiva son resucitados, y, como obreros de la infertilidad, lloriquean mudables en la naturaleza de la escasez. In the
retirement of the stars, all grow beneath the stones and find
the principles of the virus that separates them. Ivette Mendoza Fajardo
En las biosferas hidropónicas en moratoria, en las afluencias labran puntas que disputan sin cesar, o en los casamientos monospermos de la naturaleza social, expropiamos toda aquella ganancia que guarda un largo y angustioso silencio. La tiza lobulada que rayaba el pizarrón la mollera de la picardía, y sus monetarias infidelidades. Nos dicen que todo fue deficiente: el chopo del chispero lagrimoso, la bañera que calificó joven en su examen trimestral, horripilante. Los lamentos que eran las falsas verdades del ataúd ataviado de causas y efectos. Todo es consejo concentrado ilustrado de igualdad. Pero eso, juntamente, lo llaman los licores menopáusicos del mundo, las revistas del mechón que nos patrullan, y las picaduras herculinas que debemos curar. Quizás, lo último, lo que solo debe ser inyectado con la jeringa del júbilo pasional. Ivette Mendoza Fajardo
Las pugnas siderales hacia objetivos claros por auto
recreación. El imperio florícola de la desdicha en la molaridad solar
entorna causal y junto a las borrascas hipnóticas, se interceptan, juramentadas. El proceder inminente de la ilusión tecnológica. La energía haloidea bajo la tierra infanzonada. La intervención de los vientos lazaretos de mancuernillas
faraónicas. La exploración de inteligencia licántropa. Los errores de la operación maruja. Todo en favor de las monomanías de números dirigentes y sus binoculares fallados de latidos divergentes. Sólo paginamos la catástrofe de la paráfrasis histórica y pigmea que puede estudiarse en los artilugios de emancipación termonuclear. Paisajes presagiados del pretérito laminado. ¡El protón del pulmón de un punto mundial recluso! El barrilete románico transbordado desde un sótano
unicelular. El silencio tentemozo vitaminando una litoral, en decadencia
moral. ¿El anochecer encefálico sexuado de la masa carente de
lobotomía? Ivette Mendoza Fajardo
Una piedra exogámica calibra mi clemencia; resplandor espigado en la saliva de los días. Una escultura hipertensa, se mueve dentro si litigada por el tiempo, entre la lámpara mellada y el té del paréntesis; la salvación de observar la ritualidad del verbo frente a la polisemia del sueño. Solo una picadura de parábolas y ya, el céfiro se resbala en mis nervios, catatónicamente que una vez televisaron los metales pleurales de la muerte nómada y la fetidez del nudo desnudo, plantado por el isotónico reflejo. Imposible elevarse al goloseo recreo, y morir y salir de las penurias y asumir la vida automática enseñada; imposible, como el diptongo del aire, detener los fríos ábacos del no linaje, vivir sin desenfado, retroceder ante los resquicios de los contornos que nunca consintieron el eón de la maldad entre el rocío de los inversos. ¡Cuánto tarda la conjetura en desenredar la maraña del tiempo! ¡Cuánta vaguedad perpetua en el chacal de la calle! Ivette Mendoza Fajardo
¿Quién transmutaría al roble fluido del ensueño acorde?
—Un vagón sulfuroso, desviado del tiempo, la sinfonía de días petrificados, estaciones que lloran. Irrevocable, este sendero oscurecido— palabras extintas iluminan, llamadas 'poema'. ¿Presientes? ¿Cómo el agua atrapada en la mácula de
realidades disueltas, expuesta [papiros desplomados], degustando la amargura? No proclamaré, ni la eternidad de la fidelidad (bajo el
árbol calmante), ni la complicidad de la vena de tormento que evade, ni la
hora alterada —un vacío mendigo, tangente a abismos: utopías/rendiciones, la soledad de los orbes aceitosos libera la jauría del delirio, la sangre de equinoccios, quebrada. Explorador de sensores, trueno que atraviesa, que dirige, flecha fugitiva que agita el sueño; y yo, en un vértigo unísono, lanzo mis huesos, cansados y
resignados, en un callejón de martirios y abismos. Declaro: la vida es excesiva, el tiempo declama en rocíos
manifiestos. ¿Curaría la madera engreída sus heridas abiertas?
Llega el parpadeo forastero del tiempo, pardusco y jocoso, sin manivelas ni jorobas. Soy testigo de su burbujeo clonado en un destierro negro, donde la hora diluvia honestidad pareada. Reitero, guardián del tedio fanatizado por la ausencia, cuando el hambre picajosa marca su alarma, y el radar se vuelve cancho; las ropas se desvanecen como carrizos ante alambres que no cuelgan mi dilecto
rictus. Prometo silencio en este procesamiento de lo imposible, donde lo importante se diluye y nada brama con significado; y sobran los remiendos en corazones rodadores, en esta forma desmesurada y necia de afirmar que no existo. Diré que el mantel nos dramatiza; el sol odioso se oculta, absorto, y el sompopo sardónico camina avernos
irreversibles, sintiéndose como señor y dueño de las cosas entre los rostros añejados de idilios conflictivos del timón de lo cadente. Soy testigo de este brío intrincado que inexplicable cubre la sobriedad del tiempo, en esta ciudad espectro, un soneto tequioso donde la
clonación de la rutina multiplicativa niega cualquier cambio. ¡Oh, vibra brillante
el verbo psicótico! Ivette Mendoza Fajardo
Humo a humo, humo empinado transformado en amable sonrisa enarbolada— cenefa de hora indomable, revela nuestras siluetas blancas, heladas de litigios. Magia herida corta— una máscara más, neperiana, se suma al parasol de suicidios. Lágrima negra, perogrullada bebo sola de la copa sangrienta, dogmática, astucia femenina, escarnio de mi sobresalto. Un filtro de calor garabateado— nacido de una oquedad ilesa, intimida por primera vez inventada. El lingote de maldad es demasiado mitómano. Sueños como monturas moribundas, exigen sombra náutica, claman luz de parabrisa. Ivette Mendoza Fajardo
Radiobaliza el aprieto: un barranco manirroto. Hilador de ciudades sincronizadas, desmotivadas manivela fanatizada esparcida—sin lógica, motilada— en el cinemático oscuro polen de techumbre, puntualiza. Bisagras preconizan, torrenteras de diverso conglomerado, letíficos desechos que hostilizan somas, octagonales radiobalizar la razón: un muergo imposible, hiere cruel. Inverna estolón, inflamando catafalcos, palpitan en la
catástrofe. Islas, dulce cosecha derramada; investidura, istmos invertidos, selva sobre las uñas, en cataclismos, conflictos: salpicados de manumisión, errada en asaltos que dibujan estrías en la esfera. Estructuras imperiales, emblemas en gomorresinas se alzan, dominando océanos, armonías, conflicto—flor mundificativa—como privación, fumante, restos jeroglíficos, engullidos por su propia fiera cuprosa. Ivette Mendoza Fajardo
Cima del encanto, lenguas misteriosas: Sacrificios aéreos, cada clamor alado, reza calmado, inmediatez suspendida bajo lágrimas celestes, diluida en la vastedad de algas virginales. Mesnada de impulsos esbeltos, gracia que de alacridad juvenil flota, inalterada, en el vacío incoloro saturado; contraste con su plenitud tangible. El mundo, candor sobre energía glotona: reflejo discreto en el abismo contrincante, visiones puras fluyen en cascada. Solo suma, la voz del resplandor teje verdades sutiles, mientras su esencia se evade, majestuosa. Dulzura de los cintillos bufos, irreparables: Buque apóstata con la época olvidada frota, el desamor cotidiano se desvanece y diserta; recuerdos, apenas palpables. Ivette Mendoza Fajardo
Un trabuco gráfico púrpura creía ser dueño— de la falange del cielo policéntrico, oscilando— Océano de brasas debilitadas, canto de soberanía, océano de fulgor embravecido, universo en pausa, océano de eras fantasiosas y siglos eclipsantes— enmascarados de acetonas, soles de trigo guarnecidos, folios descoloridos en impulsos que despiertan las cosas. Claridad, desertora del recinto, golpea con la fuerza
divulgada, estornuda cánticos indefendibles; ignora su corona de
escarmiento, se eleva en magma en el techo, dentro de abismos
digitiformes de la noche incandescente. Arterias drenadas al viento jubiloso, de realidades míticas, parasoleado drenaje láctico con baba lampiña que estruja su
simiente. Índice de lamento placentario navega en connubio
trágico-cómico, descarriando las rutas del sentir, un mapa inconcluso de
pulsos y manoplas en motilidad. Ivette Mendoza Fajardo
Hoy, la jornada inmarchitable se viste de un nuevo matiz, no solo marcada por rutinas gravosas; luces galantes, electrodos que se deslizan como hojas, rendidos al azar de un aliento esmeralda que sopla suavemente desde la luna consentida. Mortero de sangre y vino, pulsando ágil en arterias
herniadas, mientras seres de celuloide en escenarios incitativos sacrifican espectros empapados por lluvias de neón exhausto, sanando sus cerebelos lastimados. Estandartes pedigüeños se dibujan en el cauce de borrascas, una purificación nívea del verano resuena, dolores en pellizcos que se filtran a través de cristales, sin arrepentimientos, sin pautas fijas, solo el volumen del fardo progresista promete algo, llevado por un empujón tímido del viento cizañero. ¡La claridad pavorosa se desborda con rapidez imprevista! Plantas sedientas en molleras se apoyan contra el muro, una hostilidad se desgarra en el vacío libertario, lo que existe, lo que se persigue de antemano. La vigilia entusiasta resplandece entonces, brillante como
aceite, un satélite enviciado, emperejilado en transformación, un
astro desmenuzado, y escarchas devoradoras de nieve añeja se deslizan en
unísono compás, navegando en los músculos empíricos de los acueductos, piel del otoño desueto, como un conducto de plasma denso, buscando su final en una clavícula consciente. Ivette Mendoza Fajardo
Rompiendo el verso, amplio y cartilaginoso, verdad centrípeta de labiada consciencia entre el cartapacio ensombrecido y el festón explicativo, que se esfuerza por ser noticiosa novedad. ¿Mantillas de tristeza cubren el enjambre inventivo por no encontrar la magnetita descortés? Aún recortada en la holladura matinal de cada día, del clamoreo quebradizo que se desordena en lágrimas alicaídas como cuenco antifonal sin sombra
cascarrabias, "Twilight
laden with life in macroscopic intervals of mobile
sleep where illusions trot," ¿qué columpia absolutamente el copete desidioso? Sin retroceder hacia el rubor deshidratado consume la dicha enronquecida del verso estallado de astros, ¡furibundos sobre el hábitat del verbo! Milenios desgastados floreciendo humosos en el quebranto, en lo maquinal que corretea en los despojos del marbete. Ivette Mendoza Fajardo
Sostenme en el brocal amoratado, del consejo crenado, empobrecido; alamedas envirotadas, anaqueles contemplando mi vanagloria ilegible. Imprevista lentitud—molestia monetaria, enfrenta la joya lobulada del misterio. Incontaminado manto, colisión estelar, retuerce emancipada entre manos no más pesadas, la vanidad de la foresta, mitosis sensuales, espuelas, herreruelo de mente hambrienta, proclaman ardor a los vientos clandestinos. Bebe la igualdad de la noche, en vaso de lamentos, monigotes enemigos de la niebla. ¡Bebe otra vez, noche granulada, hasta saciarte de frialdad eterna! Vestidos dominicales del silencio, brillan inmóviles hasta su existir lardoso, bajo mueca lanzallamas que nunca cesa, que nunca deja de quejarse. ¡Ay, grandeza que corroe el grotesco guardapelo! Enajenado sol del grillete polinizado, tu ego, tu voz, tiñe verde el rocío bifurcado, soledades despiertas. ¡Ay de ti, arraigarte perenne en mundo implacable! Ivette Mendoza Fajardo
Lienzos corpulentos sobre la epidermis derrotada: etéreas lucideces psicométricas prosperan a lo ancho del esternón desafortunado, designan con fulgor diatónico las murallas impertérritas, fantasmagóricas pilastras que delinean el camino de la empuñadura. Se emularon las sienes escarnecidas, bajo la escultura de flebitis que las resguarda, la gamuza sostiene el magullado guiñapo de la hecatombe en fosas de decimada impresión adormecida. Cada hilo imprime vértigo en la epidermis, y en él se emulan los días seculares y la marquesina de los vientos, allanando, cual ordenanza, el óvulo de la historia, pámpanos del escalpelo que dejaron abierta la caja de
Pandora. A paso doble, la justicia en cuclillas se desvía del pecado, dispuesta a absolver perdones oxidados... las dentelladas tercas y los embrollos de su vida,
apretujados, construyen atajos desdoblados sobre sus espaldas. Ivette Mendoza Fajardo
En la litosfera atemporal, ardientes litigios de maderos entretejen universos paralelos. Un diafragma captura elípticas veloces, articulando instantes: cada uno, un mundo de otros mundos, contrahechos... Busco en los puños de cloroformo, una efusión que adorna las fachadas del cosmos, ascendiendo como un grillete hacia la mácula inmaculada. Procuro no desfigurar el curso en el nervio del muelle, ¿Qué protege el alma bajo un parasol de sombras ilusas? No detengo el deambular de una pupila gaitera que silencia palabras, guiando hacia la luz de su senda. ¡Humus sonoro!, guardián del beso magro del concepto: fecundo beso, oriunda percepción de un ordenador martirizado que, en la bruma de mi pensamiento, renace, delineando
horizontes como escudos ante la muerte. Ivette Mendoza Fajardo
En confines distantes, esmeralda cincelada, terciada, torrentes iracundos quebrantan las venas de Managua. Vocablos en cascada, tumultuosos, descienden— forjando espectros en una estampida taurina. Yazgo en esta grieta de fibras entrelazadas,
meticulosamente, alimentando un recuerdo vibrante de cadencias musicales, envuelto en una penumbra acuosa, fracturada desde su puerto de resonancias eternas. Luz espectro, visión oculta, precipita hermandad, desafían la erosión bajo el acontecer ámbar, un exilio
verde. Cardos audaces, desafiantes, proclaman su eternidad. ¿Agrupaciones amargas de relatos vociferan, desafiando la mirada del poeta, incitándome a avivar la hoguera de la imaginación? El río errante serpentea, memoria torácica, despojado de mi esencia, libero en oleada, por caminos adornados con flores de sacuanjoche en llamas. Ivette Mendoza Fajardo
Efímero, el cloroformo del pensamiento, navega entre la sinapsis del silencio y el límite del
horizonte, custodiando y recompensando mis recuerdos. Mitones vespertinos; comitiva colegial y bufonesca, que madruga en sombras, se eleva sobre el asfalto de tu voz enceguecida. ¿Acaso mis ojos se conglomeran al impulso del
neurotransmisor? Ahora, más cerca del espectro maternal de tu mente inquieta, soy el metal indómito de tus miradas fatigadas, bordando la profecía amorfa— ensamblando la electricidad de tu jardín neuronal. Bajo la constelación que truena a medianoche, descienden mis labios hacia tu cintura alineada con el
viento norte, para sustraerte, furtivamente, el sueño imperioso y desenredar tu fatiga en la contienda elíptica... ¡Silencio, cámara en fotogénesis! Con solo tu elocuencia sagrada, se consuma la rendición, derramando el amor fluido cuando ya la luz divisible se
torna insípida. Ivette Mendoza Fajardo
Silencio mundano, cárcel de palabras no dichas, descifrando tu esencia en cifras vulneradas. Te revelo en la cadencia muda del agua amordazada, y en la penumbra de una bruma enervada, te descifro, destilando la amargura púrpura, gota a gota, ruido a ruido, bajo el leve roce de tus labios, cuarzo y mica. Tu humor, fruto maduro del azar, electrifica el aire, carga cada partícula de mi ser. Pasión, nuestra fusión estelar en la vastedad, pospone las mordidas pétreas; tejamos juntos la tela de nuestra coexistencia, mientras un torbellino de ímpetus prístinos nos promete el
infinito. Mi espíritu, anclado en la constelación de tu aliento, captura los ecos de un sol difuminado, negándose a disolverse en el vacío del olvido. Tus manos, refugio sagrado, preservan mi esencia, mientras un nuevo astro brota en la oscuridad, un destierro silente iluminado por la certeza de tu
existencia. En la nebulosa de tu suspiro, mis alas de ave extraviada hallan descanso, y en el enlace de tus dedos, ninguna fuerza, ningún fragmento de cosmos, podrá desgajarnos. Ivette Mendoza Fajardo
Vidrio milanés habita—mi alma perla goyesca, desabrida —emerge del silencio, ocultándose en los pliegues de la
razón, una gacela coagulada, suaviza los insomnios,
industrializados. Nieblas catalanas, un limbo famélico danza con torbellinos
necios, disfrazando—con recelos—la espera policrómica; dátiles del descanso dariano, destacados,
deambulan—ociosos—dejando tras de sí salivas oraculares meditadas. Recalibrada, mi soledad—codorniz eflorescente repelida, en sombras se alinea; contornos pulidos a compás dirigen una sinfonía de emociones ocultas, extintas en
apariencia. Una gota de reflejo, mercurio en medusas, un insecto desalado se libera entre sienes sangrantes. Desde mi esternón, asimilo corales paradisíacos e
intangibles; el orbe sensitivo, teñido de ámbar, susurra efluvios de
cicuta añeja. Madonna del deleite ocular en Greenville—estación
subterránea— notas dispersas como mástiles en naufragio; mañana, pentagramas hibernados despertarán, gradualmente. Reflejado en el vidrio, el amanecer transforma todo en
visión esperanzada, ¿Dónde caerá la sinfonía del coral azucarado? ¿Cómo trazarán las medusas, en auroras urbanas, arquitectas de corrientes, el mapa de mis reacciones instintivas sobre la almohada al soñar… cuando las aguas azafranadas, en su viaje hacia el sol
diluviano, se apacigüen? Ivette Mendoza Fajardo
Montañas escondidas conceden impulsos ocultos, en abrazos sublimados, herencias líquidas—presidiariamente
reveladas, antiguas creencias bajo máscaras matizadas, invasivas, tejidas de remembranzas que el viento desplaza. Here, I
establish the whispers of the wind, navigating
luminescent oceans within cunning tides. En pabellones marítimos, refugios de mareas astutas, mi dialecto del aguacero trimestral—exultante, articula misterios entre pinares del esternón. Lánguidas ventanas, lienzos que delinean códices verdes, insurgencias de hojas, mi voz—escurridiza, busca arcos temporales, anclados en rocas timoratas, sombras erosionadas. Ivette Mendoza Fajardo