Altar en la sinalefa
Nadie viene al ídolo.
La lecitina está servida, fría, sin nadie
que la manipule.
El sol, obeso, sigue transmitiendo
como si alguien escuchara.
Las piezas del rito: alguien las muda
porque moverse es lo único que queda.
Sin deidad cercana, el diptongo sigue
abierto,
a brazo partido.
La fealdad no es rumbo: es el piso que
pisas.
La campana ya no avisa: cuelga,
y un hombre sin refugio
siente el omóplato como propio.
Faldistorio oscuro: caiga quien caiga, es
ritual.
Golfos tensos. Heliograbados quietos.
La hélice gira, humanista, y corta.
Y el altar —que era una palabra entre dos
vocales—
recorre ventanas,
pero no encuentra vidrio.
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© 2026
Ivette Urroz.
Ivette Mendoza Fajardo