Paisaje gallopinto
Un gallopinto melancólico abre su
incógnita,
admite naves, grandes y menores monorrítmicas;
hospeda metaloides y sus fiebres
forasteras,
metamorfosean el cobre en manos cuprosas.
Muñecas de porcelana, que cruzan con
mozotes ásperos,
se alinean sobre el suelo de la pletina
séxtuple.
Caen tasajos de silbatos, linajes, tránsito
y ruido;
forestales, ya herniados, sueltan óxido en
la tarde.
La callejuela escorbútica, contraria, azota
el relincho,
desatada en paños bajo un cielo lobulado
hidalgo.
El compilador de la pregunta encuentra un
pez bobo
y los patinetes, descerebrados, buscan
ruedas en la arena.
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Ivette Urroz.
Ivette Mendoza Fajardo
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