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martes, 9 de agosto de 2022

Un olor desconsolado alancea los yelmos entre piedras

 

Un olor desconsolado alancea los yelmos entre piedras
gladiadoras ilusionistas como esa mezcla de futuro y de agonía que
penetra en el limbo y solo el latido sigue caminando,
disimuladamente cansado y amonestado.
Por la guillotina sin hogaza del mediodía de sus marionetas
brunas, que al cielo gesticulan, va floreciendo la creación del
mundo refractado en ilusión saludando la señal muerta.
¿A qué sabe un sonido desenroscado de la luz?
Oigo agigantar sus brazos en las descalcificadas penumbras
como una carne blanda que gobierna tras el fondo de la
vida y que conoció de ante mano los juegos del misterio.
¡Ah parábola de rutina cibernética cuánto has hecho por mí!
El tiempo da un golpe mortal a su olvidada juventud sobre
la sílice navajada en audacia de sexo hipotenusamente ermitaño.
¡Qué raro, dije yo! El fuego del bienestar es un animal que en
sus noches vacías recolecta lunas paradisíacas de amor perfecto,
en su última verdad altisonante y en llamaradas afligidas.
Allí la gloria del delirio es el figurado placer del adiós que se
empeña a saborear la sagrada savia roja de toda memoria que
anuncia el presagio de los labios contra el juramento de la noche,
mientras la vagabunda lágrima agoniza poco a poco para
embellecer un ansia coloquial desde la esbelta virginidad sideral,
cual bisiesto rincón de garras mariposeadas 
de atléticas angustias.

Ivette Mendoza Fajardo