Hollejos del pensamiento
La mañana entró con una lámpara tímida,
como un enebro rotulado tras la abolladura,
y dejó un polvo agrio, casi coagulante,
sobre el rayo gamma de un rostro dormido.
Parecía apto para el garfio hemático;
demasiado cobre sobre la felpa roja,
aquel foco de burla descompuesta,
aquella vena rugosa por la paradoja.
La quietud abría una flor sin fósforos.
El nombre descansaba, pero en la sombra
fermentaba una conjetura de fango.
Después de tantos hollejos del pensamiento,
solo quedaba una boca por abrir: la fosa
medular,
y una matriz de raíz: la tierra
incógnita.
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Ivette Urroz.
Ivette Mendoza Fajardo
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