El turno de la piedra espinuda
En un colocho sin tregua de escobilla
amarga
arde la pena del papasal bajo luz vencida;
no gira el pivote torpe de la herida
ni el pereque cansado aprende manso.
Se finge un bodoque sobre el remanso
de un bebedero labioso y encendido;
después, la claridad cae embullada
y la caraña vuelve a su dolor escaso.
Eso parece el turno de la piedra espinuda:
mirar boquearse el llanto en la talqueza
sin que un motete de astilla responda.
Si el cedro queda abierto y nadie cede,
¿para qué sirve esta vaina tramposa
que lo totolee por dentro y lo desborda?
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Ivette Urroz.
Ivette Mendoza Fajardo
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