La ventanilla de la banderola
La armazón queda en copia deslavada,
sellada por un paro de azulejo triste,
donde una baluma, notaria de la hierba,
roe la ventanilla de la banderola.
Todo baja a su batuque melancólico,
y un instante ahulado, tras la sobremesa,
revisa al pretil, de casco a costilla,
como si fuera un taller de suelas muertas.
Sobre la aramina, cerrada por recreo,
la tarde cuelga un aviso baluquero
donde un sol ambulante empaca su fuego.
Cruza un fustán con gambadura;
y, en la quebrada breve de la neblina,
se pliega la alfombra enferma del paisaje.
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Ivette Urroz.
Ivette Mendoza Fajardo
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