Un escorpión pálido aguarda
sobre la camisa sin pigmento;
el botón cede apenas
por una torcedura de viento.
Sus tenazas tantean la almohada
donde la bruma afila el aguijón.
La madera huele a tela mojada
y el sueño sigue húmedo de dolor.
Una hebilla, sola, en la penumbra,
enciende el margen del insomnio;
sube con ella una luz agria.
La escarcha, costura de luna,
gira, se desarma en la sábana
y deja azul la última espera.
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Ivette Urroz.
Ivette Mendoza Fajardo
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