Dosis para el delirio
En la dureza del sosiego dosificado,
la noche precipita su emulsión de sombra;
se ahoga, hinchada, una cápsula amarga,
un vial de soledad vibrando gota a gota.
Cruza la médula un trayecto sin sedante,
bosque de ampollas, maleza de prospectos;
la marcha, comprimida en su amargor diario,
persiste en la oscuridad del laboratorio.
Se espera una mañana con perfil de
antídoto,
una luz soluble entrando por la sangre,
algo que baje el ácido, el temblor, el peso
de este pánico en fase de placebo.
La hiedra del pecho, en ayuno de alivio,
pide una dosis limpia que no sea delirio.
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Ivette Urroz.
Ivette Mendoza Fajardo
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