Paradoja mesodérmica
El tambor de la mañana, indeciso,
como un receptor cubierto por la escama,
dejó un espumarajo de cobre visceral
sobre el pectoral, en la intermitencia del
sufijo.
Apto para el paladar, resultaba
ver, tan de piedra pómez y estaño carmesí,
aquel volumen circular de la lengüeta,
gánster lateral de la paradoja mesodérmica.
Quietud en cono gramatical de la falla
futura.
Breve precinto para cercar la cifra
temerosa
desde la oscura y eficaz hipótesis del
cuerno.
Sólo queda, después de su apnea,
un latigazo menos para su temprana sepultura,
y un lazarillo más: que guíe la tierra.
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Ivette Urroz.
Ivette Mendoza Fajardo
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