Energía torcida
El cañón lunar sostuvo el milagro de la liebre:
candil exaltado en las ojeras del humo.
La hierba de águila giró sobre tornillos.
La puerta de saliva ya pedía bisagras
nuevas.
Subía por la nuca la escalera diurna.
Fortuna y la muerte coronaron los
circuitos.
Dos llaves desdentadas forzaron el fulgor
violeta
y dejaron al aire sin energía torcida.
Quedó el motor de aliento latiendo en las
venas.
Unidad, hilo suelto, ya pedía el jugo del
morfema.
Con aquel clavo vivo la placa soldaría
frontera con frontera, tendón con tendón
seco.
Pero entró la intemperie con tijera ciega
y dejó media patria bajo olla a presión.
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Ivette Urroz.
Ivette Mendoza Fajardo
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