La distancia del llanto
El tallo sucumbió cuando empezó el metal,
y después de la tormenta cayó la astilla.
Qué raro es, para una palabra todavía viva,
mirar el mundo y no sentir su vibración.
Las nubes parecen un avispero:
la lluvia cae abajo, sometida;
la vanidad avanza espesa, como aceite,
y desplaza lo que quiso fijarse.
Cómo delimitar una rama del desastre.
Dónde pone la sed su beso
si la superficie es pura aspereza,
si ya roza la distancia del llanto y la
hierba.
Cómo sorprende el silencio en campo abierto
si el corazón no aprende: late en carne,
brilla en el hilo de su enigma.
Copyright
© 2026
Ivette Urroz.
Ivette Mendoza Fajardo
Todos los derechos reservados