La huella clausurada
La huella ocupa la cisterna de lo obtuso,
porta un fulgor sin linaje tras haber
rozado
dos cartílagos inmovibles;
retiene el tránsito como rumbo de nadie,
y mide el saldo del fausto o del desvío.
Bajo su nómina de dureza sosegada
se alojan legajos salobres,
donde fermentan estrías de salitre
y hocicos de un metal lactante.
Avanza por la cámara clausurada.
La presión entera la examina
y la consuela.
Sólo declina
si un sello de pez le cierra el perímetro.
Después retorna la aprensión,
por detrás del basalto y del azogue,
adherida al limo,
y rastrea en la sed el precio de
su contraseña hundida.
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2026
Ivette Urroz.
Ivette Mendoza Fajardo
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